Hay cosas que uno carga durante años sin darse cuenta. Palabras que le dijeron, errores que cometió, heridas que todavía duelen. Con el tiempo terminan formando parte de la manera en que nos vemos.
Quizás alguna vez te sentiste insuficiente. Quizás pensaste que no eras capaz, que nunca ibas a cambiar o que ciertas marcas de tu historia te iban a acompañar para siempre. Lo más difícil de esas cosas es que, después de un tiempo, dejamos de cuestionarlas y empezamos a creer que son nuestra identidad.
Pero Jesús vino a hacer mucho más que perdonar pecados. Vino a darnos una nueva identidad.
La Biblia dice que cuando recibimos a Cristo somos hechos hijos de Dios. Parece una frase sencilla, pero cambia todo. Porque un hijo ya no vive buscando demostrar su valor; vive desde el valor que ya recibió.
Por eso Pablo escribe que ya no somos esclavos sino hijos. Y muchos de nosotros seguimos intentando caminar con ropas que ya no nos pertenecen: la culpa, el temor, el rechazo, la comparación, la vergüenza o las heridas del pasado. Son vestiduras viejas que Jesús nos invita a dejar atrás.
Proverbios 31:25
“Fuerza y honor son sus vestiduras; y se ríe de lo por venir.”
Cuando leo Proverbios 31:25 y encuentro que “fuerza y honor son sus vestiduras”, entiendo que Dios no está hablando de algo exterior. Está hablando de una persona que aprendió quién es. Alguien que ya no vive definido por sus heridas, sino por la obra de Dios en su vida.
La fuerza viene de saber que Dios sostiene lo que yo no puedo sostener. El honor viene de entender que mi valor no depende de la opinión de otros ni de mis propios fracasos. Y desde ese lugar puedo mirar el futuro con esperanza.
Quizás hoy el desafío no sea hacer algo nuevo, sino dejar algo viejo. Dejar de hablarte como Dios nunca te habló. Dejar de verte como Dios nunca te vio.
Jesús, gracias porque en vos encuentro una identidad que no cambia. Muchas veces seguí cargando cosas que vos ya habías quitado de mi vida. Ayudame a soltar las etiquetas, los temores y las heridas que intentan definir quién soy. Quiero aprender a verme como vos me ves y caminar cada día desde la seguridad de ser tu hijo, tu hija. Vestime con tu fuerza, con tu gracia y con tu verdad. En el nombre de Jesús. Amén.

