“Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.”
Lamentaciones 3:22-23
Hay días en los que uno siente que ya agotó todas las oportunidades. Que volvió a cometer el mismo error, que no estuvo a la altura o que ya es demasiado tarde para cambiar. Y, casi sin darnos cuenta, empezamos a tratarnos con una dureza que Dios nunca tuvo con nosotros.
Lo llamativo de este pasaje es que no fue escrito en un momento de tranquilidad. Jeremías estaba viendo las consecuencias de una ciudad destruida. Todo alrededor hablaba de pérdida. Sin embargo, en medio de ese escenario encontró una razón para seguir teniendo esperanza: la misericordia de Dios seguía siendo la misma.
Eso nos recuerda algo que necesitamos escuchar una y otra vez. Dios no nos sostiene porque nunca fallamos, sino porque su fidelidad no depende de nuestro desempeño. Él conoce nuestras luchas, nuestras contradicciones y nuestras caídas, y aun así sigue acercándose a nosotros con la invitación de empezar de nuevo.
Cada amanecer es mucho más que el comienzo de un día. Es la evidencia de que Dios todavía no terminó con nosotros. Su misericordia no se agotó ayer ni se acaba cuando nos equivocamos. Siempre hay gracia para volver, fuerzas para levantarse y un nuevo paso por dar.
Y cuando entendemos que vivimos gracias a esa misericordia, también cambia la manera en que miramos a los demás. Es difícil exigir perfección cuando recordamos cuánta paciencia Dios tuvo con nosotros.
¿Estoy viviendo desde la culpa por mis errores o desde la certeza de que Dios sigue dándome una nueva oportunidad?
Oración:
Jesús, gracias porque tu misericordia no depende de mis aciertos. Gracias porque, incluso cuando fallo, seguís invitándome a volver a vos. Ayudame a dejar atrás la culpa que me paraliza, a recibir el nuevo comienzo que me ofrecés cada día y a extender a los demás la misma paciencia y el mismo amor que vos tenés conmigo.

