Filipenses 2:2
"Haced completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito."
La semana anterior aprendimos que nada puede detener el propósito de Dios. Sin embargo, una vez que entendemos que hemos sido llamados con un propósito, surge una nueva pregunta:
¿Cómo caminamos en ese propósito?
La respuesta es clara: Dios no nos llamó a caminar solos.
Vivimos en una sociedad marcada por las diferencias. Existen distintas opiniones, historias, experiencias y perspectivas. Sin embargo, en medio de toda esa diversidad, Dios diseñó a su Iglesia para vivir unida.
No estamos unidos por gustos, preferencias o intereses personales. Estamos unidos por una Persona: Jesucristo.
Eso es precisamente lo que Pablo enseña a la iglesia de Filipos. Aunque estaba formada por personas muy diferentes entre sí, las anima a permanecer unidas, compartiendo un mismo amor, un mismo espíritu y un mismo propósito.
La unidad no significa que todos seamos iguales. Significa que todos seguimos al mismo Señor.
La unidad no consiste en que todos pensemos igual, sino en que todos caminemos en la misma dirección bajo el liderazgo de Cristo.
1. La unidad nace de la humildad
Filipenses 2:3
"Nada hagáis por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos."
La palabra clave de este pasaje es: Humildad.
El principal enemigo de la unidad no son las diferencias, sino el orgullo.
Las diferencias pueden enriquecer una comunidad. Lo que destruye la unidad es cuando el "yo" ocupa el centro.
El orgullo pregunta:
- ¿Qué hay para mí?
- ¿Quién reconoce lo que hago?
- ¿Por qué debería ceder?
La humildad, en cambio, pregunta:
- ¿Cómo puedo servir?
- ¿Cómo puedo ayudar?
- ¿Cómo puedo bendecir a otros?
La humildad no consiste en pensar menos de uno mismo, sino en pensar menos en uno mismo.
Jesús es el ejemplo perfecto de esta actitud. Siendo el Señor de todo, eligió servir. Siendo digno de toda honra, decidió humillarse por amor.
Santiago 4:6
"Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes."
La verdadera humildad no consiste en no tener poder, sino en usarlo para amar, servir y levantar a otros.
Toda relación saludable requiere humildad:
- En el matrimonio.
- En la amistad.
- En la familia.
- En la iglesia.
La unidad comienza cuando el ego deja de ocupar el centro.
2. La unidad se construye sirviendo
Filipenses 2:4
"Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás."
Después de hablar de humildad, Pablo habla de servicio.
La verdadera humildad siempre se expresa en acciones concretas.
Cuando las personas dejan de pensar únicamente en sí mismas y comienzan a preocuparse por los demás, la comunidad florece.
La iglesia crece cuando dejamos de preguntar:
"¿Qué puedo recibir?"
Y comenzamos a preguntar:
"¿Qué puedo aportar?"
Vivimos en una cultura que pone el énfasis en el beneficio personal. Sin embargo, el Reino de Dios funciona de manera diferente.
Jesús enseñó que hay más bendición en dar que en recibir.
Cuando cada creyente sirve a otros:
- La iglesia se fortalece.
- Las personas son alcanzadas.
- Los necesitados son cuidados.
- Las cargas son compartidas.
- El amor se vuelve visible.
Marcos 10:45
"Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir."
El único que realmente merecía ser servido eligió servir.
En el Reino de Dios, la grandeza no se mide por cuánto nos sirven, sino por cuánto servimos.
1 Pedro 5:5
"Revestíos de humildad."
El servicio es una expresión visible de la humildad y una herramienta poderosa para construir unidad.
3. La unidad tiene un modelo: Jesús
Filipenses 2:5-11
"Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús."
Llegamos al corazón del capítulo.
Pablo no solamente enseña acerca de la unidad; también nos muestra a quién debemos mirar para aprenderla: Jesús.
Porque el evangelio no consiste solamente en seguir principios. Consiste en seguir una Persona.
Siendo Dios, teniendo toda autoridad y mereciendo toda gloria, Jesús decidió humillarse.
Tomó forma de siervo. Fue obediente hasta la muerte. Y muerte de cruz.
El mundo enseña a subir. Jesús enseñó a descender.
El mundo enseña a competir. Jesús enseñó a servir.
El mundo enseña a buscar reconocimiento. Jesús enseñó a buscar obediencia.
Precisamente porque se humilló, Dios lo exaltó hasta lo sumo.
Jesús no utilizó su posición para beneficiarse a sí mismo. La utilizó para bendecir a otros.
No vino para ser servido. Vino para entregar su vida.
Por eso toda verdadera unidad cristiana tiene un fundamento: Mirar a Cristo.
Cuanto más cerca estamos de Jesús, más cerca terminamos estando unos de otros.
Las divisiones crecen cuando dejamos de mirar a Cristo.
La unidad crece cuando nos parecemos más a Cristo.
Dios nunca diseñó la vida cristiana para ser vivida en soledad. Nos llamó a caminar juntos.
A animarnos. A edificarnos. A servirnos. A crecer juntos.
La pregunta final no es:
"¿Qué deberían cambiar los demás?"
La pregunta es:
"¿Qué quiere cambiar Dios en mí?"
La unidad comienza en el corazón.
Comienza cuando elegimos la humildad. Comienza cuando decidimos servir. Comienza cuando volvemos a mirar a Jesús.
Quizás existan heridas, decepciones o conflictos que dificulten las relaciones. Sin embargo, el plan de Dios sigue siendo una familia espiritual caminando unida.
El mundo necesita ver personas que aman, perdonan, sirven y permanecen juntas aun en medio de las diferencias.
Y eso solamente ocurre cuando Cristo ocupa el centro.

