Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros. Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.
Jueces 9:14-15
Vivimos en una sociedad donde muchas personas desean ocupar posiciones de influencia. Con frecuencia se confunde autoridad con posición, influencia con control y liderazgo con poder.
Pero la pregunta más importante no es quién gobierna, sino qué clase de persona desea hacerlo.
Esa misma pregunta aparece en Jueces 9, a través de una parábola pronunciada por Jotam, el único sobreviviente de la familia de Gedeón después de que su hermano Abimelec asesinara a casi todos sus hermanos para quedarse con el poder.
Desde la cima del monte Gerizim, Jotam no organizó una rebelión ni buscó venganza. Contó una historia.
Una historia sobre árboles.
Pero, en realidad, hablaba del corazón humano.
1. LOS ÁRBOLES FRUCTÍFEROS NO VIVEN PARA EL PODER
Cuando se lo dijeron a Jotam, fue y se puso en la cumbre del monte de Gerizim, y alzando su voz clamó y les dijo: Oídme, varones de Siquem, y así os oiga Dios. Fueron una vez los árboles a elegir rey sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros. Mas el olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú, reina sobre nosotros. Y respondió la higuera: ¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron luego los árboles a la vid: Pues ven tú, reina sobre nosotros. Y la vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros. Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.
En la parábola, los árboles buscan un rey. Primero invitan al olivo. Luego a la higuera. Después a la vid.
Los tres responden de manera similar: "¿He de dejar mi fruto para ir a gobernar sobre los árboles?"
No rechazaban el liderazgo porque fuera malo.
Lo rechazaban porque entendían que Dios ya les había dado un propósito.
El olivo producía aceite para alumbrar, sanar y ungir.
La higuera producía alimento.
La vid producía vino, símbolo de alegría.
Cada uno comprendía que su mayor aporte no era ocupar un cargo, sino producir fruto.
Jesús expresó este mismo principio:
"Yo os elegí... para que vayáis y llevéis fruto."
Juan 15:16
Jesús nunca llamó a sus discípulos a buscar reconocimiento o posiciones de importancia. Los llamó a dar fruto.
En el Reino de Dios, el fruto siempre tiene más valor que el cargo.
Vivimos en una cultura que premia la visibilidad y el reconocimiento. Sin embargo, Dios hace una pregunta diferente: ¿Cuánto fruto está produciendo tu vida?
Hay personas que jamás estarán sobre una plataforma, pero cada día reflejan a Cristo con fidelidad.
Madres que forman el corazón de sus hijos.
Padres que guían espiritualmente a sus familias.
Trabajadores que viven con integridad.
Jóvenes que permanecen fieles a Dios aun cuando la cultura los empuja en otra dirección.
Quizás el mundo nunca los reconozca. Pero Dios sí.
Porque Él nunca confundió fama con fidelidad.
La Biblia muestra que Dios suele llamar a personas que ya estaban siendo fieles en lo cotidiano.
Moisés cuidaba ovejas.
David pastoreaba el rebaño.
Pedro pescaba.
Mateo cobraba impuestos.
Eliseo trabajaba la tierra.
Dios no busca personas desocupadas. Busca personas responsables y dispuestas.
Porque quien es fiel en lo poco también será fiel en lo mucho.
El servicio no nace de tener tiempo libre. Nace de tener un corazón dispuesto.
2. LAS ZARZAS SIEMPRE QUIEREN EL LUGAR QUE LOS FRUCTÍFEROS RECHAZAN
Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros. Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano
Jueces 9:14-15
Después de que el olivo, la higuera y la vid rechazaron el ofrecimiento, los árboles acudieron a la zarza.
La zarza era la planta menos indicada para gobernar.
No daba fruto.
No alimentaba.
No ofrecía sombra.
No servía para construir.
Solo producía espinas y, cuando se secaba, terminaba siendo combustible para el fuego. Sin embargo, fue la única que aceptó inmediatamente.
La zarza representa el orgullo.
El ego que siempre busca reconocimiento, control y poder.
Promete lo que no puede ofrecer.
Dice: "Refúgiense bajo mi sombra."
Pero una zarza no tiene sombra.
Promete seguridad, pero genera dependencia.
Promete grandeza, pero deja heridas.
Luego amenaza: "Si no... salga fuego de la zarza."
Mientras los árboles producen fruto, la zarza produce destrucción.
Ese es siempre el resultado del liderazgo basado en el orgullo.
Los espacios vacíos nunca permanecen vacíos
La parábola también nos recuerda una verdad importante:
Cuando quienes han sido llamados por Dios dejan de ocupar su lugar, otros lo harán.
Eso ocurre en la familia.
En el trabajo.
En la sociedad.
Y también en la iglesia.
Si los padres dejan de discipular a sus hijos, otras voces ocuparán ese lugar.
Si las personas íntegras dejan de influir, otros asumirán esa influencia con motivaciones diferentes.
Como iglesia, Dios nos llamó a servir, amar y bendecir a nuestra comunidad.
Jesús dijo:
"Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo."
Mateo 5:13-16
La sal existe para preservar.
La luz existe para iluminar.
La iglesia transforma una ciudad cuando hombres y mujeres viven el Evangelio cada día, sirviendo con amor donde Dios los ha colocado.
No servimos para construir nuestro propio nombre.
Servimos porque Cristo cambió nuestro corazón.
3. EL VERDADERO REY NO BUSCA EL PODER; ENTREGA SU VIDA
La historia de Abimelec contrasta completamente con la de Jesús.
Abimelec mató a sus hermanos para quedarse con un reino.
Jesús entregó su vida para darles el Reino a sus hermanos.
La zarza prometía una sombra que nunca podía ofrecer.
Jesús invita:
"Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso."
Mateo 11:28
La zarza amenazaba con fuego.
Jesús bautiza con el Espíritu Santo y fuego.
La zarza producía espinas.
Jesús llevó una corona de espinas para cargar sobre sí el pecado de la humanidad.
La zarza hería a quienes se acercaban.
Cristo fue herido para traer sanidad a quienes se acercan a Él.
Jesús cambió para siempre nuestra manera de entender el liderazgo.
En el Reino de Dios, la autoridad se expresa sirviendo.
La grandeza se demuestra entregando la vida por otros.
El verdadero Rey no vino buscando un trono.
Vino buscando una cruz.
Porque solo a través de la cruz podía abrirnos la puerta del Reino.
La parábola de Jotam termina mostrando que todo reino construido sobre el orgullo termina destruyéndose.
Abimelec prometió grandeza, pero dejó violencia y destrucción.
Esta historia no solo habla de un hombre llamado Abimelec. Habla del corazón humano.
Todos luchamos con la tentación de buscar nuestro propio reino, nuestro reconocimiento y nuestra voluntad.
Ese fue el mismo problema desde el principio de la humanidad: querer vivir sin que Dios gobierne el corazón.
Por eso Dios envió al Rey que realmente necesitábamos: Jesús.
Mientras Abimelec utilizó a las personas para conservar su poder, Jesús utilizó su poder para salvar a las personas.
Mientras la zarza tenía espinas para herir, Cristo aceptó una corona de espinas para traer paz y reconciliación.
La gran pregunta que deja esta historia no es simplemente quién dirige o quién lidera.
La verdadera pregunta es: ¿Quién está sentado en el trono de nuestro corazón?
Si gobierna el orgullo, aparecerán las espinas.
Si gobierna la ambición, aparecerá la división.
Pero cuando Cristo gobierna, comienza a manifestarse el fruto del Espíritu: amor, paz, paciencia, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio.
Jesús no vino solamente a enseñarnos cómo debería gobernarse.
Vino a gobernar nuestros corazones desde adentro y a formar en nosotros personas que vivan para extender el Reino de Dios.

